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¿Qué es la democracia? (1): El “gobierno de la mayoría”

Según una acepción ampliamente aceptada, la democracia es el gobierno de la mayoría. Si se entiende así la democracia, ponerla en acción implica recorrer un camino específico que tiene sus propios retos a enfrentar con sus correspondientes problemas a resolver.
Por ejemplo, como la idea de mayoría hace referencia a cantidad, la democracia supone entonces mecanismos para medir la cantidad y establecer esa mayoría, lo que resulta decisivo si se trata de caracterizar a un gobierno como democrático.
El otro componente de esta definición es el de gobierno. En la actualidad, esta palabra se utiliza en política para referirse a la cabeza de los diversos Estados nacionales, y entonces a la autoridad a la que los ciudadanos de estos Estados deben someterse. Conformar un gobierno supone unos procedimientos para establecer su autoridad; ya que la democracia es el gobierno de la mayoría, sus mecanismos y procedimientos implican el sufragio universal y otras diversas modalidades de votación en distintos niveles de la organización estatal.
Pero ¿mayoría de qué? Como hablamos de Estados nacionales, se refiere a los ciudadanos de estos Estados, que son en términos gruesos aquellos que pueden sufragar, es decir, a aquellos que serán tenidos en cuenta para participar en el proceso político: la mayoría, según las particularidades nacionales, tiene un alcance delimitado. ¿Mayoría para qué? Para las decisiones que cada gobierno debe tomar, que es precisamente lo que lo define como gobierno: gobernar se refiere a tomar decisiones. Las decisiones de un gobierno democrático deben relacionarse de alguna manera con esta mayoría.
Surge aquí un escollo que la democracia así concebida debe resolver: si gobernar consiste en tomar decisiones, esta mayoría que caracteriza a la democracia ¿no tendría que establecerse respecto a cada decisión? Si en un grupo pequeño este imperativo de que cada decisión sea tomada por mayoría conlleva el riesgo de llevar a la inmovilidad, en una sociedad numerosa y compleja es ya simplemente impracticable.
En nuestra sociedad, la democracia entendida como gobierno directo de la mayoría resulta imposible en términos prácticos.

Sin embargo, en el mapa de regímenes políticos del mundo actual buena parte de los Estados nacionales se reclaman como democracias. ¿Qué es lo que los autoriza a hacerlo? Se trata de una operación conceptual que le agrega (con diferentes particularidades nacionales) la propuesta política representativa del liberalismo clásico a esta concepción de democracia, conformando un contenido nuevo que la modifica profundamente, precisándola; la democracia como gobierno de la mayoría reviste hoy la forma de democracia representativa. Es decir, el criterio cuantitativo exigido por la idea de mayoría se realiza con el método de la votación, sí, pero encauzándolo hacia la representación, dando origen a la adaptación liberal de la democracia como “democracia representativa”. Es la representación lo que haría posible el renacimiento de la democracia, porque elimina las dificultades prácticas de las decisiones por mayoría.
El sufragio universal que permite establecer la mayoría en este tipo de regímenes políticos se orienta entonces no hacia cada decisión de gobierno sino a elegir representantes que tomarán esas decisiones. Pero esto produce nuevos problemas: ¿en qué consiste la representación? (¿qué es lo que un representante representa? ¿en qué sentido un ciudadano puede ser representado?). O desde otro punto de vista, ¿cuál es el carácter de esas decisiones? (¿tiene el representante plena autonomía para tomarlas? ¿qué permite decir que sus decisiones son democráticas?).

El sentido de la representación
El gran liberal Benjamín Constant señalaba en un texto de 1819 (“Discurso sobre la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos”): “los individuos pobres realizan ellos mismos sus asuntos; los hombres ricos contratan administradores”, es decir, en el campo económico delegan en otros no sólo sus tareas y decisiones menos importantes, sino también las más importantes, aquellas ante las cuales pueden no ser los más competentes. El criterio que siguen “los hombres ricos” es que hay otros que están más capacitados para tomar las mejores decisiones para sus intereses.
De una forma similar, en el terreno de la política los ciudadanos pueden delegar las decisiones en personas idóneas, para poder concentrarse en sus asuntos personales. Y tal como un gerente tiene plena autonomía para dirigir una empresa (porque comprende muchas veces mejor que el propietario cuáles son las mejores decisiones), un representante tendrá plena autonomía en el terreno político. Y también tal como un gerente debe rendir cuentas de sus acciones a través de diversos mecanismos, los representantes deben ser supervisados por la ciudadanía, que debe ejercer “una vigilancia activa y constante sobre sus representantes”. Es decir, cuando se agrega la variable “representación” a la democracia, la incorporación de la ciudadanía al gobierno se realiza no sólo a través de la elección de representantes, sino también a través de “la vigilancia activa y constante”.
Como tampoco es práctico estar sometiendo a control cada decisión del representante, esta pregunta obliga a dirigir la mirada no sólo hacia su inteligencia y su idoneidad técnica, sino también hacia las convicciones políticas y valores éticos de quienes son elegidos para representar, pues utilizan necesariamente un criterio propio al tomar las decisiones que incumben a todos. En la concepción liberal hay una referencia implícita a una superioridad que se pone al servicio del bien común. Es decir, más allá del asunto de su competencia técnica, entre el propietario y el gerente hay necesariamente una confluencia, un propósito común, indispensable para esta delegación de responsabilidad; de la misma forma, para que la representación política tenga sentido, debe haber en el representante un claro compromiso con la colectividad, que llevará a la búsqueda del bien común (y entonces, debe haber comunidad, debe existir lo común). Sin embargo, ¿qué garantiza que un representante se ponga al servicio de la comunidad, que actúe buscando el interés común?
En una sociedad orientada hacia el bien común, puede esperarse ese enfoque en cada ciudadano; pero en una sociedad que rinde culto al lucro personal y que propone a sus integrantes vivir en función de la oportunidad, ponerse al servicio de lo común puede ser bastante forzado. ¿Por qué los representantes de todo tipo tendrían que ser la excepción? ¿No sería la representación acaso una oportunidad más?
Podríamos concluir de todo esto que si esa vigilancia no es eficaz, los representantes, con todo su poder de decisión, podrían instalar perfectamente una dictadura. …O quizás necesariamente lo harán: si lo que orienta la acción de los ciudadanos es el lucro personal, si no hay además una fiscalización permanente ¿por qué no habrían de hacerlo? ¿Qué se los impediría? (¿No hay una invitación social de hecho a los representantes para que saquen provecho individual de su posición?).

Pero puede haber otra concepción de la representación, distinta de la concepción liberal y que avance frente a ella, superando esta distancia entre lo proclamado por un candidato y lo realizado por quien es elegido: el representante debe ceñirse a la voluntad de la ciudadanía, atenerse a un mandato, procurar consultar esta voluntad y convertirse en su mejor expresión. Y para que este imperativo se convierta en realidad, deben existir mecanismos eficaces de revocatoria.
Sin embargo, este enfoque implica precisar qué es esa voluntad común y particularmente de qué manera se constituye. Y esto representa un nuevo reto para la concepción de la democracia como gobierno de la mayoría. Es decir, hay una distancia que salvar y un camino que recorrer entre la voluntad individual y la voluntad común. En una concepción de democracia como gobierno de la mayoría, esta distancia entre lo individual y lo común tendrá que franquearse y resolverse finalmente a través del mecanismo del voto, que es lo que permite establecer la mayoría. La voluntad común tendrá entonces que corresponder en general a la voluntad de la mayoría, aunque en ocasiones excepcionales pueda ser, aún mejor, la voluntad de todos. Pero si esta mayoría es siempre la misma, el “gobierno de la mayoría” puede significar simplemente una dictadura para la minoría. Además, la exigencia de establecer la voluntad mayoritaria antes de haber escuchado lo que cada uno tenga que decir puede significar dictadura para el que no es escuchado. Y no establecer esta mayoría sino hasta haber consultado hasta el último ciudadano puede conducir a la inmovilidad. Es decir, aunque se establezcan controles para evitar la dictadura de los representantes, según el enfoque liberal, o se definan caminos para el establecimiento expedito de una voluntad mayoritaria en cada ocasión, la democracia como gobierno de la mayoría puede tener también en la práctica el significado de dictadura.

Siguiendo el examen realizado, podemos concluir que ya sea en su versión liberal, ya sea en su interpretación más radical, la democracia representativa puede contener en la práctica una dictadura: dictadura de unos pocos, cuando el representante/gobernante simplemente decide en su autonomía responder a la voluntad de una minoría, a veces ínfima (o simplemente a su interés personal); y en el mejor de los casos, dictadura de la mayoría, si el representante realmente expresa la voluntad de la mayoría.

Es esta concepción de democracia como “gobierno de la mayoría” la que le permitirá declarar a Lenin en 1917 que la democracia es una dictadura: dictadura de la burguesía o dictadura del proletariado, según sea que los que gobiernan respondan a la voluntad de unos pocos o de muchos. La democracia resulta ser en la práctica, como señala agudamente Lenin, una dictadura. Pero es que ¿acaso podría haber otra forma de entenderla?
Otra forma de entenderla… Si vamos más atrás en la reflexión sobre la democracia, podemos descubrir que su concepto original no se reduce a su materialización en un sistema político y no se refiere tampoco ni a “gobierno”, ni a “mayoría”. La traducción literal de la palabra griega demokratía es “poder (o fuerza) del pueblo”. Esto nos invita a pensar la democracia bajo otra perspectiva.

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